La vela del sepulturero

En el entierro de un pobre hasta la cera que gotea y pinta la calle de lúgubres lunares negros está rifada. No hay dispendio ni para morir, que es mucha la penuria para los que quedan. En el entierro de un pobre la humilde comitiva pasa frente a la casta, que ignora al féretro y a los dolientes y sigue con su existencia terrenal y magnífica, comiendo y bebiendo la vida a buches. Al fin y al cabo, el que va envuelto en el sudario, al que algunos llaman Rey, no ha sido nunca uno de los suyos.

Ignacio Lillo es periodista y articulista en Diario Sur. Síguele en Twitter: @ilillom