No importa el rostro

Porque no importa el rostro cuando ya lo conoces, porque con las yemas de los dedos te afanas en recorrer las superficies, de damasco, de terciopelo, de plata (o de lo que la imita), de madera, de lo que sea.

Porque cuando lo sientes, te sobran las luces y te basta un contraluz para definirla en la lejanía. Como las caderas de la mujer en la distancia, pongamos que hablo de arbotantes.

Porque, de nuevo, ¿qué te importa el rostro? Si escuchas el tintineo, la mecida, el crujido y el corazón, (como diría el Capitán Veneno), te vuelve a palpitar.

A veces sueño con morrilleras, varales, campanas, mantos, tirantas, quitacimbras, mesas, capillos… Y no, nunca hay rostros, solo hay sensaciones, ausencias, presencias, certezas y extrañezas. Sólo hay luz, que fulgura y casi te ciega, por eso te giras, ves el contraluz y te dejas llevar por la mecida.

De Capuchinos al cielo.

Almudena Marín Hueso es Historiadora del Arte. Síguela en Twitter: @Rath_Dinem