Todas las madres, María

El Nazareno emprende su vía crucis por la Vía Dolorosa del Jueves Santo, bajo las bóvedas de San Felipe Neri, donde la vieja ciudad extramuros se derrama por una cartografía humilde. Una multitud se arremolina con el síndrome impostado de Stendhal de la Semana Santa ante el trono neorrenancentista, como el túmulo real del verso cervantino. Ella, en cambio, se ha apartado, llorando lágrimas que no emanan de la óptica ocular, de las reacciones basales, sino del corazón desgarrado, con sacudidas que hacen temblar las entrañas cuando mira una fotografía que estruja en la mano. A ella ninguna Verónica le acerca un paño mientras se estremece de soledad y pena; pero el drama de la muerte del hijo se repite de la escena a la realidad. Todas las madres, María.

Teodoro León Gross es periodista, síguele en Twitter @teoleongross