240 Ventanas

Doscientas cuarenta ventanas pequeñas y solo una abierta, como una traidora o una rebelde. Sin protección. Sin reflejo del mundo exterior, una súplica a querer salir o una invitación a entrar. Una mancha en un manto, una oscuridad que nunca fue tan clara. Las ventanas superiores, arrogantes y dictadoras, miran con soberbia la calle y así nadie se percata de la brecha, del agujero, del “fallo”, que lo llamarían como guardianas que son del sistema, del suyo, del que las ha alzado y las sostiene, del que se consideran hijas prodigas. ¿Un esclavo que dirige a otros esclavos es menos esclavo? Ellas no lo saben, ni siquiera se molestan en preguntarse algo así, es mejor no mirar abajo, mirar hacia adelante y únicamente a aquello que merece su atención, lo demás de reojo. Como el ojo de la única ventana pequeña que tiene la osadía de desafiarlas. Si no le hacen caso, pensarían de haberse dado cuenta, acabará por rendirse. Si no me hacen caso, pensaría en caso de que se dieran cuenta, las demás acabarán por seguirme. Como se siguió al portador de la cruz que se acerca, cansado.

Quizá es allí, a la pequeña apertura, donde se dirige el peregrino, o debería decir el condenado, la penitencia en el hombro, el espino en la frente, descalzo, expuesto a la multitud para que le tire piedras o coree su nombre, ahora que va a morir. No sabe cuánto ha caminado pero ahora que su castigo termina, sin fuerzas, le parece imposible que sea menos del que le queda por caminar. El orgullo pudo conmigo, piensa, el orgullo disfrazado de humildad, un disfraz que se rompe como la piel rasgada de sus pies, como su moral, como su fe. Su fe en que esto no tendría que haber acabado aquí, no debería haber acabado así. Mira a los cables que cruzan el camino y aspira a una muerte rápida antes de llegar. El ascenso a la ventana abierta no promete más que otro sufrimiento. O el alivio final. Sí, piensa, eso es, vale la pena el último esfuerzo. Entre el sudor y la poética de la pequeña ventana, de repente su vista cae en las palmeras y se pregunta quién las habrá puesto allí, forman parte de todo lo absurdo o de lo absurdo del todo. ¿Y él? ¿Y la ventana? A las palmeras nadie les preguntó si querían estar aquí, en el lugar al que no pertenecen, al que no soñaban llegar puesto que ni habían oído hablar de su existencia. Como casi todo, se dice con resignación, en voz baja, a casi nada ni a casi nadie se le ha preguntado si quiere estar dónde está, ¿fui yo quien subió al altar o alguien me puso encima de él? ¿Acaso importa? Sí, claro que importa. Esa pequeña ventana, una entre doscientas cuarenta, es la única que hace lo que quiere.

 

Martí Ramos Arús es escritor, síguele en Twitter: M.A.R.